Recomendaciones para licenciados de este
curso: los astilleros del desastre
El lema principal para ir por la vida es: “¡Si una
máquina funciona, no la toques!” . Pero incluso sabiéndolo,
a veces no se puede evitar que alguien que pasaba por allí,
de forma inocente, meta el dedo en la llaga que no debe y se produzca
el desastre.
Especialmente sensibles a esta clase de desastres son los grandes
astilleros. Vosotros siempre veis en las películas que el
barco resbala por el tobogan hasta que flota feliz en su nuevo hábitat.
Pero la realidad es completamente diferente, ya que sólo
uno de cada cuarenta y ocho naves se desliza sin hacerse pedazos
nada más tocar el agua.
Mi amiga tuvo un sueño estraño, sobre barcos y astilleros.
Estaba a bordo de un trasatlántico colocado sobre la rampa.
Entonces, otra chica, inocentemente, se llevó a casas una
de las cuñas, una pequeñita, pero que, fatalmente,
mantenía firme todo aquel enorme artefacto. “¡No
la toques!” gritaba mi amiga... mas ya sabéis que en
los sueños, cuando uno grita, no le oye nadie. Así,
al sacar la pieza, el barco se precipitó al mar y fue a parar
directo al fondo.
Cada pedazo que se hundía llevaba escrito el nombre de una
ilusión, pero el mar se los tragaba como si sólo fueran
madera. Ahora mi amiga, Juana, vive en un pequeño velero
y su marido en una lancha deportiva, que no atraca nunca en el mismo
puerto. Éste es uno de los cuarenta y ocho, cuya botadura
no sale en televisión. Los medios tienen consignas de hacerlo
así, para que no perdías la fe en la náutica
casera.
Ahora bien, los que han sido corsarios de verdad, los que han tenido
patente, conocen los secretos del mar. Y saben que los barcos grandes
son los más vulnerables. Normalmente porque su construcción
fue una huida hacia adelante: para flotar mejor adosaron un coche,
un trabajo absorbente, e incluso varios sonajeros. En fin, una bonita
nave, pero llena de fisuras sujetas por pequeñas grapas.
Por este motivo, tanto corsarios como bucaneros, prefieren naves
pequeñas, ágiles, alegres y rápidas, que saltan
sobre las olas como si fueran delfines. Y dice la leyenda que algunas
son pilotadas por sirenas reconvertidas, auténticas tramposas,
que han dejado la espera pasiva en las rocas de la Odisea para hacerse
a la mar, como si fueran los marineros irreverentes del siglo cambalache,
con los cabellos expuestos a la brisa marina, con la mirada seductora,
apoyada en dos ojos de perla, grandes, que realizan bien su cometido,
aunque sea evidente para todos que están mintiendo.
Guillem Bou Bauzá
Doctor en Ciencias de la Eudación
guillembou@yahoo.com
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