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Corrupción universitaria > los astilleros del desastre

 
 
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junio de 2002



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Recomendaciones para licenciados de este curso: los astilleros del desastre

El lema principal para ir por la vida es: “¡Si una máquina funciona, no la toques!” . Pero incluso sabiéndolo, a veces no se puede evitar que alguien que pasaba por allí, de forma inocente, meta el dedo en la llaga que no debe y se produzca el desastre.

Especialmente sensibles a esta clase de desastres son los grandes astilleros. Vosotros siempre veis en las películas que el barco resbala por el tobogan hasta que flota feliz en su nuevo hábitat. Pero la realidad es completamente diferente, ya que sólo uno de cada cuarenta y ocho naves se desliza sin hacerse pedazos nada más tocar el agua.

Mi amiga tuvo un sueño estraño, sobre barcos y astilleros. Estaba a bordo de un trasatlántico colocado sobre la rampa. Entonces, otra chica, inocentemente, se llevó a casas una de las cuñas, una pequeñita, pero que, fatalmente, mantenía firme todo aquel enorme artefacto. “¡No la toques!” gritaba mi amiga... mas ya sabéis que en los sueños, cuando uno grita, no le oye nadie. Así, al sacar la pieza, el barco se precipitó al mar y fue a parar directo al fondo.

Cada pedazo que se hundía llevaba escrito el nombre de una ilusión, pero el mar se los tragaba como si sólo fueran madera. Ahora mi amiga, Juana, vive en un pequeño velero y su marido en una lancha deportiva, que no atraca nunca en el mismo puerto. Éste es uno de los cuarenta y ocho, cuya botadura no sale en televisión. Los medios tienen consignas de hacerlo así, para que no perdías la fe en la náutica casera.

Ahora bien, los que han sido corsarios de verdad, los que han tenido patente, conocen los secretos del mar. Y saben que los barcos grandes son los más vulnerables. Normalmente porque su construcción fue una huida hacia adelante: para flotar mejor adosaron un coche, un trabajo absorbente, e incluso varios sonajeros. En fin, una bonita nave, pero llena de fisuras sujetas por pequeñas grapas.

Por este motivo, tanto corsarios como bucaneros, prefieren naves pequeñas, ágiles, alegres y rápidas, que saltan sobre las olas como si fueran delfines. Y dice la leyenda que algunas son pilotadas por sirenas reconvertidas, auténticas tramposas, que han dejado la espera pasiva en las rocas de la Odisea para hacerse a la mar, como si fueran los marineros irreverentes del siglo cambalache, con los cabellos expuestos a la brisa marina, con la mirada seductora, apoyada en dos ojos de perla, grandes, que realizan bien su cometido, aunque sea evidente para todos que están mintiendo.

Guillem Bou Bauzá
Doctor en Ciencias de la Eudación
guillembou@yahoo.com

 
         
         
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