Títulos y realidades
El aspecto genial que tiene para mí el cuento del Mago de
Oz consiste en que la chica arregla los males ajenos a golpe de
diplomas, corazones y medallas. De esta manera, el espantapájaros
es inteligente, el hombre de lata posee sentimientos y el león
tiene coraje. En realidad, cualquier psicólogo conductista,
freudiano o sociocrítico nos corregiría: creerse que
se poseen unas cualidades que se anelan no es lo mismo que tenerlas
de hecho.
Y el aspecto, en cambio, preocupante, se deriva de la imitación
que hacen algunos centros de formación superior de tan inocente
chiquillada. De este modo, usted podrá ver a su alrededor
personas que se tienen por capaces debido a que una universidad,
vaya a saber cómo, les suministró un buen título
(seguramente en aras de la calidad de la docencia universitaria).
Incluso algunas otras creen tener sentimientos porque durante su
vida de estudiante la institución les facilitó la
militancia en alguna ONG (se convalidaban las actividades por algún
crédito).
Por tanto, si usted está completando sus estudios a golpe
de esfuerzos, debería sentirse feliz de no ser un personaje
de cuento. Si no se ha beneficiado de esta corriente rebajista que
impera en ciertas universidades, debería ser paciente y esperar
a que el tiempo le diera la razón. Además, a la larga,
incluso la familia de uno se siente orgullosa: su pareja le halaga
en reuniones de amigos y sus hijos le respetan. Por tal motivo,
no hay razón para la amargura. Al contrario, tiene buenas
razones para llevárselos a todos de viaje.
Eso sí, si al subir al avión se percata que el piloto
exhibe un título conseguido en cierta universidad, preocúpese
y pase a la acción. Averigüe si el plan de estudios
iba cargado de optativas y obligatorias que obedecían a intereses
contractuales de ciertos departamentos. Compruebe si entre los créditos
de libre elección figura un curso de macramé.
Si se dan estas premisas, agarre entonces de la mano a su pareja
y a la crianza, y salga de puntillas por la escalerilla del catering.
Sonría al resto de pasajeros, esfuércese en parecer
natural y, si es necesario, derrame alguna lagrimita mientras baja
del aparato y disimule gritándoles: “¡Adiós,
espantapájaros! ¡Adiós, hombre de lata! ¡Adiós,
león valiente...”
Guillem Bou
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