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Corrupción universitaria > Títulos y realidades

 
 
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Artículo aparecido en:


diciembre de 2002



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Títulos y realidades

El aspecto genial que tiene para mí el cuento del Mago de Oz consiste en que la chica arregla los males ajenos a golpe de diplomas, corazones y medallas. De esta manera, el espantapájaros es inteligente, el hombre de lata posee sentimientos y el león tiene coraje. En realidad, cualquier psicólogo conductista, freudiano o sociocrítico nos corregiría: creerse que se poseen unas cualidades que se anelan no es lo mismo que tenerlas de hecho.

Y el aspecto, en cambio, preocupante, se deriva de la imitación que hacen algunos centros de formación superior de tan inocente chiquillada. De este modo, usted podrá ver a su alrededor personas que se tienen por capaces debido a que una universidad, vaya a saber cómo, les suministró un buen título (seguramente en aras de la calidad de la docencia universitaria). Incluso algunas otras creen tener sentimientos porque durante su vida de estudiante la institución les facilitó la militancia en alguna ONG (se convalidaban las actividades por algún crédito).

Por tanto, si usted está completando sus estudios a golpe de esfuerzos, debería sentirse feliz de no ser un personaje de cuento. Si no se ha beneficiado de esta corriente rebajista que impera en ciertas universidades, debería ser paciente y esperar a que el tiempo le diera la razón. Además, a la larga, incluso la familia de uno se siente orgullosa: su pareja le halaga en reuniones de amigos y sus hijos le respetan. Por tal motivo, no hay razón para la amargura. Al contrario, tiene buenas razones para llevárselos a todos de viaje.

Eso sí, si al subir al avión se percata que el piloto exhibe un título conseguido en cierta universidad, preocúpese y pase a la acción. Averigüe si el plan de estudios iba cargado de optativas y obligatorias que obedecían a intereses contractuales de ciertos departamentos. Compruebe si entre los créditos de libre elección figura un curso de macramé.

Si se dan estas premisas, agarre entonces de la mano a su pareja y a la crianza, y salga de puntillas por la escalerilla del catering. Sonría al resto de pasajeros, esfuércese en parecer natural y, si es necesario, derrame alguna lagrimita mientras baja del aparato y disimule gritándoles: “¡Adiós, espantapájaros! ¡Adiós, hombre de lata! ¡Adiós, león valiente...”

Guillem Bou

 
         
         
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