El restaurante de los conflictos
(o sobre el Congreso de Corrupción Universitaria)
En todas las guías de viajes sobre nuestro país aparece
de forma resaltada el restaurante de don Saturnino. No por su calidad,
no crean, sino por sus conflictos.... porque el susodicho establecimiento
anda un tanto movido.
Para empezar, los cocineros de don Saturnino tienen el raro privilegio
de poderse reunir en grupos de cinco y decidir a qué nuevos
cocineros se contratan. Curioso sistema, que ha provocado la aparición
de grupitos de gourmets, de lazos más bien conyugales antes
que honestamente culinarios, y que pretenden controlar –según
ellos mismos dicen- sus parcelas de cocina, freidurías y
bandejas de asados.
A tanta desvergüenza ha llegado la situación del restaurante,
que desde la Oficina de Turismo le han anunciado que esto no puede
serguir así. Hay que hacer algo antes que se arruine el buen
gusto nacional: aprovemos una nueva ley para ver si se acaba el
comadreo, los platos trucados y, sobretodo, los cocineros inútiles
y serviles que tanto medran entre las ollas de don Saturnino. Por
añadidura, cuatro maitres y todo tipo de pinches de posadas
y restaurantes pequeños, se han unido para hacer su propio
encuentro alimentario y, nunca mejor dicho, poner a caldo el Restaurante
Saturnino.
Así las cosas, este viejo empresario ha montado en cólera,
ha organizado una parada de tenedores, unas sesiones de cocina francesa,
un encuentro de fondues de queso y todo tipo de actos reivindicativos
de sus extraños privilegios, con tal de salir en la prensa
para defender así su causa, ya que argumentos, lo que se
dice argumentos, no los encuentran sus invitados.
Esta táctica puede dar cierto resultado porque, entre que
sus clientes son fáciles de alborotar y entre que sus desaprensivos
cocineros harán lo indecible para poder trabajar en el restaurante,
se monta una cacerolada en menos que canta un gallo. No obstante,
tan espontánea manifestación se desinfla en un tris
precisamente por lo que indicábamos: la ausencia de una noble
especia que dé aroma al movimiento.
Esta ausencia, agravada por las declaraciones públicas de
don Saturnino y sus ayudantes, no hacen más que evidenciar
lo que está en juego: el futuro digno de un restaurante que
debería ser modélico. Confuso y desesperado, ante
la convocatoria de este encuentro de pinches alternativos, a don
Satunino no se le ha ocurrido nada más que declarar lo siguiente:
“Sí, puede que en mi restaurante pasen cosas raras,
pero si pasan... ¡qué carajo, lo que hay que hacer
es acudir a los tribunales!”.
¡Pero qué me dice, don Saturnino! Si precisamente
es usted quién dicta las resoluciones de su restaurante.
Si precisamente lo que usted no puede hacer es desentenderse de
los nombramientos que usted ha perpetrado ¿O no se da cuenta
de que esto se trata? ¿No se percata que lo que acaba de
declarar es de lo que se le acusa?
El marisquero que cada día suministra el pescado al restaurante,
recordaba esta mañana lo que siempre decían, sabiamente,
nuestros abuelos. Se refería a aquel refrán de “por
la boca muere el pez”. Después de descargar, se ha
dirigido al patrón y se lo ha dicho bajito al oído:
“Señor Saturnino, si fuera usted pez, estaría
muerto”.
Guillem Bou Bauzá
|