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Puede afirmarse que las democracias no están consolidadas hasta que
los cuerpos de seguridad del estado han interiorizado el espíritu
de servicio a la sociedad civil. Es decir, no hay democracia en
un país mientras la policía no sea democrática.
En algunos lugares existe una tradición de cuerpos de seguridad
represivos y al servicio de oligarquías. Sorprendentemente,
pero, en otros descubrimos cuerpos policiales constituidos con voluntad
abierta hacia la sociedad pero carentes del apoyo político
necesario. Es decir, hay gobiernos a los que asusta una policía
independiente y, mientras manden ellos, prefieren una policía
sumisa.
Pensando en estos países, en los que algunos profesionales
intentan construir un nuevo concepto de fuerzas de seguridad del
estado (creo que, de entrada, quizá sería mejor cambiar
este nombre, porque incluso da un poco de miedo) Guillem escribió
una breve novela, en la cual reflexionaba sobre la sociedad, la
corrupción, la política y la voluntad de unos idealistas
de uniforme de cambiar el mundo.
El
libro se editó en catalán y en breve publicaremos
en esta web, en formato PDF, la versión castellana. Els millors
dels nostres fills se ha traducido por Nuestros mejores hijos pero,
en rigor, sería Los mejores de entre nuestros hijos. La idea
con que se abre el libro es la obsesiva fijación de la sociedad
en elegir a los intachables, los jóvenes más entregados,
con el paradójico devenir que les espera: la misma sociedad
será la que los corrompa.
El libro no es en absoluto fatalista, sino optimista. La idea del
título es la amenaza que se cierne sobre estos policías
que pretenden ser democráticos. También tiene anécdotas
divertidas, la crítica ha escrito:
“Los datos que el autor aporta sobre la Escuela de Policía
de Cataluña suelen ser precisos e ilustradores: desde la
anécdota, casi inicial, sobre cómo liquidar dos vacas
moribundas que colapsan el Cinturón Litoral, hasta las experiencias
de la Sala de Tiro (“en la Sala de Tiro no se enseña
a los futuros policías a disparar: se les enseña a
convivir con un arma”), la psicología de los cabos
fantasiosos, de una educadora social como Marlés, el desfile
de aspirantes psicópatas, de policías melancólicos,
intuitivos, tranquilos, con mano izquierda; las susceptibilidades
y malentendidos cuando un títol desafortunado de un programa
puede aludir al racismo de la policía... o aforismos geniales,
como la constatación de que puede causar más daño
la prevención que el delito cometido, o la afirmación
salomónica de un sargento: “un muerto no es un muerto
hasta que no lo dice un sargento”.
En el libro, hablando del trabajo de los policías, hay momentos
muy tiernos, como cuando se nos cuenta hasta qué punto las
víctimas de la prostitución infantil se enganchan
al policía que les ayudó. Y sentencias de una sabiduría
envidiable: “a los grandes delincuentes, evidentemente, no
sólo no los atrapamos, ni tan sólo los reconocemos,
aún cuando cenemos con ellos o los veamos en televisión”.
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